Okunoshima: el oscuro pasado de la isla en la que viven más conejos que personas

Japón es la nación oriental que combina tradición y futurismo. Allí, templos sintoístas milenarios y bosques ancestrales conviven con ciudades conectadas por trenes bala y tecnología de punta. La cuarta economía mundial también es un gran destino turístico internacional que, en 2025, atrajo más de 37 millones de visitantes.
Si bien la mayoría de los turistas visitan lugares como Tokio, Kyoto, Okinawa o Sapporo, hay otros destinos algo más escondidos que están creciendo rápidamente, viralizados en videos y fotos. Entre ellos, se destaca Okunoshima.
Esta isla se encuentra en el mar interior de Seto, frente a la costa sur de Honshu, la isla principal de Japón. Hiroshima es la ciudad importante que se encuentra más cercana, a 90 kilómetros. Cuenta con un relieve montañoso, un mar transparente, bosques verdes y ruinas que esconden un sombrío pasado.
Okunoshima -literalmente “isla de los conejos”– explotó como destino turístico en los últimos 15 años con el auge de las redes. Es que la postal de sacarse selfies con los adorables conejos y el paisaje majestuoso detrás generó un combo irresistible: unos 400 mil turistas la visitan anualmente, con un incremento sostenido.
Pero, ¿cómo llegaron los conejos a la isla, que se encuentra a casi 3 kilómetros de tierra firme? ¿Y de qué trata su complicado pasado?
En Okunoshima viven más de 1000 conejos y unas 20 personas. Foto: ShutterstockVarias teorías…
Como adelantamos, los números impactan: en la isla viven 1200 conejos y unas 20 personas. Y nunca se pudo verificar de forma fehaciente la razón de la llegada de los conejos. Otro misterio es que se trata de conejos europeos, y no de la variante enana japonesa de estos mamíferos conocida como Amami.
La primera hipótesis dice que los conejos fueron introducidos en la isla por los pescadores que visitaban la isla en sus rutinas de pesca, que pernoctaban allí y llevaban los mamíferos como mascotas y también, comida. Debido a la falta de depredadores y a las condiciones favorables de la isla, los conejos comenzaron a reproducirse rápidamente.
Otra teoría apunta a un grupo de estudiantes que en los años 70, con el redescubrimiento de la isla tras ser borrada por décadas de los mapas oficiales, un grupo de alumnos en una excursión a la isla, liberó algunos conejos. Gracias al clima benigno y la abundante vegetación, la cohorte comenzó a reproducirse sin control.
Hay algunas versiones mucho más descabelladas: una de ellas apunta a que misteriosos turistas adinerados de Europa visitaron la isla y dejaron una “ofrenda” en forma de conejos; otras sugieren que, en realidad, fueron extraterrestres que visitaron el lugar y trajeron a estos simpáticos animales.
Hay varias teorías sobre la presencia de conejos europeos en Okunoshima. Foto: ShutterstockFinalmente, existe una teoría que tiene más asidero histórico, pero también es más oscura: se relaciona con el pasado de la isla, cuando fue utilizada, según se comprobó por historiadores y expertos, como lugar de experimentos militares antes de la Segunda Guerra Mundial.
Okunoshima y su pasado como base secreta de producción de armas químicas
Es en esta última teoría que abreva lo que ocurrió en Okunoshima en los años previos y durante la Segunda Guerra Mundial: la isla fue utilizada por el gobierno japonés como base para la producción de armas químicas.
Pese a ser signatario del Protocolo de Ginebra en el año 1925, el Imperio del Japón estableció en Okunoshima una base secreta para la investigación y producción de armas químicas. Este Protocolo es un tratado internacional vigente hasta el día de hoy que prohíbe el uso de este tipo de armas en conflictos bélicos.
En 1929, Okunoshima estrenó un complejo sistema de instalaciones militares. El secretismo del Ejército fue tal, que la isla fue borrada deliberadamente de los mapas de la época por orden oficial. El éxito de esta operación dependía del secreto. Okunoshima sería “devuelta” a la cartografía recién terminada la Segunda Guerra Mundial.
En ese lugar se produjeron dos gases altamente letales. Por un lado, el gas mostaza, usado ampliamente en la Primera Guerra Mundial; por otro, lewisita -compuesto orgánico arsenical-, que era conocido como “el rocío de la muerte”.
Se comprobó que Japón utilizó estas armas químicas en los años siguientes, en particular en China, en el marco de la Guerra Sino-Japonesa.
Aquí entran en escena los conejos. Es que algunos expertos creen que fueron llevados a Okunoshima para realizar pruebas científicas, en experimentos relacionados con las armas químicas, ya que su fisiología permitía estudiar los efectos de las sustancias tóxicas en organismos vivos.
Hacia 1945, la isla fue abandonada y las instalaciones militares fueron destruidas o quedaron en ruinas. Tras la desactivación de la base, los conejos quedaron libres y comenzaron a proliferar según esta teoría. Otros refutan esta idea porque afirman que los militares no dejarían animales vivos de esos experimentos.
En 1988, se inauguró en Okunoshima el Museo del Gas Venenoso, para documentar y mostrar la producción de armas químicas y recordar el sufrimiento de los trabajadores que fueron llevados a la isla, muchos de los cuales murieron o tuvieron graves lesiones como consecuencia de trabajar con estos gases letales.
Las ruinas de la planta de fabricación del gas. Foto: Asturio Cantabrio/WikipediaSea cual fuere la razón, hoy los conejos prosperan en la isla boscosa, cuyas montañas se mezclan con ruinas militares del pasado cubiertas de vegetación. Okunoshima es un destino en pleno crecimiento de Japón que pese a su pequeño tamaño (apenas 70 hectáreas), mezcla historia, memoria, diversión y bondad en un solo lugar.
Fuente: www.clarin.com



